Recordanzas de René Avilés al recibir la Medalla Bellas Artes

René Avilés Fabila

La noche del miércoles 1 de octubre el ambiente que flotaba en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes y en la Sala Manuel M. Ponce en la espera de la entrega de la Medalla Bellas Artes a René Avilés Fabila era de incertidumbre, todos los ahí presentes sabían de la capacidad de convocatoria del indiciado en esa calurosa tarde-noche y de su negrísimo sentido del humor, ¿habría capacidad en la sala para recibir a los tumultos de gente y de carcajadas?

Los lugares en la M. Ponce, sabía todo los que estaban formados,  eran escasos y la asistencia mucha, quizá por eso un grupo de señoras le vociferó a una pareja que fueran que fueran a la cola: “no se metan en la fila, sean honestos”, clamaban, acto seguido que se dedicaron a hacer lo que tendrían que haber hecho las autoridades del recinto: hacer un conteo de asistentes en la fila y  entregar unos “boletos” numerados, “porque siempre meten a muchos en la fila”.

Así, como a siempre ha sido a lo largo de su vida público – literaria, René Avilés Fabila despertaba pre-pasiones en la espera previa a presenciar la entrega que le harían de la Medalla Bellas Artes por su larga y fructífera labor creativa.

Partiendo plaza como los toreros (sólo le faltó el Cielo Andaluz como música de fondo) y saludando a los tendidos, René traía como subalternos a Óscar de la Borbolla y Jaime Labastida Ochoa, con los que habría de redondear una ceremonia en la que contrario a lo que se esperaba el homenajeado estaría en estado protocolario y en el que Labastida Ochoa deslizaría algunos chistoretes e incluso Rafael Tovar y de Teresa, presidente de Conaculta, intentaría hacer su parte en al área del humor.

Al ponerse serio, dar lectura al discurso (como nunca) que traía preparado, agradecer la distinción, alabar a la institución y recibir el reconocimiento, “ya puedo pontificar” dijo, René Avilés soltó una de sus acostumbradas, y negras anécdotas: Estando en Moscú, le preguntaron si él tendría una casa digan de recibir a integrantes soviéticos del partido socialista, al responder afirmativamente planearon la llegada. Ya en la casa en que los recibirían, y al ver la construcción, uno de los enviados le reclamó que ese no era un hogar de un camarada, a lo que él dijo: “Mi madre era comunista, no idiota”.

Al ser una ceremonia oficial, y hasta oficiosa, fue breve duración y por ello pocas las ocasiones en que René pudo usar sus ocurrencias que mucho celebran sus seguidores.

Señalando que la medalla era más pequeña que la correspondiente al Premio Nacional de Periodismo y que tenía su nombre grabado, reconoció que la distinción le conmueve, que era algo inesperado y que Bellas Artes siempre será su casa.

Siendo para creadores, la Medalla Bellas Artes ha llegado a muy buenas manos y mejores letras.

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